Graffiti como aire: delirar con Levante

Dejarte llevar bajando por la costa sur del Mar Menor, en coche, con Levante: encuentros en alturas, a través del cristal.

Íconos, tags, pompas sobre medianeras urbanas, casas semi-abandonadas  en pueblos y a campo traviesa de una comunidad autónoma en la que lo social viene siendo devastado por el ladrillo. Tal vez, en parte por eso, encontrarse con graffiti en Murcia produce afecto: en este caso, una ruta por otro lado. El graffiti–la escritura no autorizada en el espacio público– puede leerse como producto del deseo y desear, apunta Gilles Deleuze conversando con Claire Parnet (1996), es construir conjuntos: en la costa del Mar Menor, conectarse con la calle, engancharse a una esquina, a una valla, moverse por ella, imprimir una escritura que circulará tal vez por otras plataformas. Desear, sigue precisando Deleuze, “es en cierto modo delirar“. Para él, el delirio es geográfico-político:  “se delira sobre el mundo entero, es decir, se delira sobre la historia […] El mundo del delirio es: […] ¿Dónde están mis tribus? ¿Cómo puedo disponer de mis tribus?”. Graffiti en el Mar Menor como delirio en medio del ladrillo, como “un poco de aire sano en todo ese aire cerrado y malsano de los delirios pseudo-familiares”.

Mar Menor, julio 2019

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